Un estudio con siete hidrófonos revela que el tráfico marítimo puede reducir entre 40 % y 45 % la probabilidad de registrar cantos de ballenas. Los científicos buscan entender cómo afecta esta contaminación acústica a los cetáceos.
Ciudad de Panamá, 15 de agosto de 2026. Para los seres humanos, el sonido de una embarcación puede parecer apenas parte del movimiento cotidiano del mar. Para una ballena, puede significar algo mucho más importante: la interrupción de un canal fundamental para comunicarse y orientarse.
Esta es una de las principales conclusiones preliminares de un estudio que durante más de un año ha registrado los sonidos del Pacífico panameño mediante siete hidrófonos instalados en diferentes puntos de la costa.
Los primeros resultados muestran que, cuando aumenta la presencia de embarcaciones, la probabilidad de registrar cantos de ballenas se reduce entre 40 % y 45 %. El dato no significa que las ballenas desaparezcan de esas zonas, pero sí plantea una preocupación sobre la manera en que el ruido producido por las actividades humanas puede alterar su comportamiento acústico.
Un océano que también tiene su propio sonido
El proyecto piloto “Estudio del paisaje acústico del hábitat de los cetáceos e impactos antropogénicos en el Pacífico panameño” busca precisamente escuchar aquello que normalmente no percibimos.
La investigación es liderada por el Ministerio de Ambiente (MiAMBIENTE), con coordinación local de las fundaciones MarViva y Panacetacea, en el marco de un programa regional ejecutado por WWF Mesoamérica, implementado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y financiado por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF).
Los siete hidrófonos fueron instalados entre mayo y junio de 2025 en Contreras, Ladrones y Paridas, en Chiriquí; Cébaco, en Veraguas; Iguana, en Los Santos; y Boná y Contadora, en Panamá.
Desde entonces han registrado más de 30.000 archivos de audio, de los cuales más de 4.000 ya han sido procesados.
No se trata únicamente de escuchar ballenas. Los equipos también captan sonidos producidos por peces, camarones pistola y embarcaciones, creando una especie de mapa acústico del océano.
Cuando el ruido humano se encuentra con las ballenas

Los resultados muestran una marcada diferencia entre las temporadas climáticas.
Durante la época lluviosa se identificó actividad acústica en el 59,2 % de las grabaciones, frente al 28,1 % durante la época seca. Parte de esta diferencia está relacionada con la presencia de ballenas jorobadas y una mayor actividad de peces.
Los cantos de las ballenas jorobadas aparecen principalmente entre julio y octubre, coincidiendo con su migración hacia las aguas cálidas del Pacífico panameño, donde llegan para reproducirse y criar a sus ballenatos.
Durante la temporada lluviosa, los cantos fueron registrados en el 32,7 % de las grabaciones, frente a apenas 0,5 % durante la época seca.
Pero el estudio encontró otra coincidencia que preocupa a los investigadores: algunas de las zonas con mayor presencia de ballenas también concentran una importante actividad de embarcaciones.
Contadora, uno de los puntos de mayor presión

El caso más destacado se registró en Isla Contadora.
Allí, el ruido producido por motores estuvo presente en el 42,6 % de las horas monitoreadas. Durante el día, la presencia de este ruido llegó al 74,5 % de las horas registradas.
La actividad estuvo asociada principalmente con turismo recreativo, buceo y pesca deportiva.
Isla Iguana ocupó el segundo lugar en presencia de ruido generado por embarcaciones.
El problema adquiere especial relevancia porque los cetáceos dependen del sonido para comunicarse y orientarse.
“Cuando el ruido provocado por el ser humano interrumpe ese paisaje sonoro, afecta su comportamiento, su salud y su supervivencia. Medir ese impacto es el primer paso para protegerlos con decisiones basadas en evidencia científica”, explicó Digna Barsallo, directora nacional de Costas y Mares de MiAMBIENTE.
El reto: aprender a navegar sin perturbar
Los resultados abren una discusión que va más allá de la conservación de las ballenas: ¿cómo compatibilizar el turismo y las actividades marítimas con la protección de los ecosistemas acústicos del océano?
Para MiAMBIENTE, una de las respuestas pasa por mantener el monitoreo acústico y ampliar los sitios donde se realizan mediciones.
También se plantea incorporar información sonora en tiempo real al seguimiento de las áreas marinas protegidas, ordenar el tráfico marítimo en zonas sensibles y promover límites de velocidad y buenas prácticas para el avistamiento de cetáceos y la pesca.
Otra de las líneas de trabajo apunta al uso de nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, para identificar y analizar automáticamente los sonidos registrados bajo el agua.
Panamá busca convertir los datos en decisiones

La información obtenida no se quedará únicamente en los registros científicos. El proyecto busca utilizar estos resultados como base para desarrollar directrices regionales de avistamiento responsable y sostenible de ballenas en el Pacífico Oriental.
Claudio González, especialista en recursos marinos del proyecto Pacífico Sostenible, señaló que los resultados serán utilizados como insumo para esas futuras directrices.
De esta manera, escuchar el océano puede convertirse en una herramienta de gestión ambiental.
La investigación también se vincula con el trabajo internacional que Panamá desarrolla junto con Canadá para enfrentar la contaminación acústica submarina. Ambos países lideran la Coalición de Alta Ambición por un Océano Silencioso, integrada por países interesados en reducir el ruido generado por las actividades humanas y proteger a las especies marinas que dependen del sonido.
Un océano que necesita ser escuchado

Durante décadas, gran parte de la conservación marina se ha concentrado en lo que podemos ver: arrecifes, manglares, playas, ballenas y otros animales.
Este proyecto plantea mirar —o, mejor dicho, escuchar— otra dimensión del océano.
Los miles de registros obtenidos por los hidrófonos muestran que el Pacífico panameño tiene un paisaje sonoro propio y que las actividades humanas forman parte cada vez más de él.
La pregunta ahora es cuánto ruido puede soportar ese ecosistema sin alterar las especies que dependen del sonido para sobrevivir.
Para los investigadores y las autoridades ambientales, contar con esa información es el primer paso. El siguiente será convertirla en reglas y prácticas que permitan que el turismo, la navegación y la conservación puedan coexistir sin que las ballenas tengan que competir con el ruido de los motores.










