Una reflexión sobre periodismo, lenguaje, redes sociales e inteligencia artificial y la responsabilidad humana al comunicar información.

Rainer Tuñón C.
La incorporación del profesor Modesto Augusto Tuñón Flores como académico numerario de la Academia Panameña de la Lengua, en la silla R, trasciende el reconocimiento a una extensa trayectoria profesional. Permite volver la mirada hacia una relación fundamental: la del periodismo con la palabra y, por extensión, con la responsabilidad de comunicar.
Tuñón ha planteado una preocupación que merece ser discutida más allá de la Academia: el manejo del lenguaje en determinados medios panameños y la tendencia a confundir cercanía con vulgaridad, bajo la idea de que un lenguaje excesivamente coloquial genera mayor sintonía con las audiencias.

El problema no está en reconocer las distintas formas de hablar de una sociedad. El lenguaje popular construye identidad y refleja transformaciones culturales. El problema aparece cuando lo vulgar se convierte deliberadamente en modelo de comunicación y terminamos asumiéndolo con absoluta normalidad.
Cuando el periodismo comenzó a desarrollarse en Panamá durante el siglo XIX y la radio apareció en las primeras décadas del XX, quienes llegaban a los medios solían encontrarse entre las personas mejor formadas intelectualmente. No resulta casual que, al fundarse la Academia Panameña de la Lengua en 1926, una parte importante de sus integrantes tuviera vínculos con el periodismo. Gabriel García Márquez recordaba también que las redacciones funcionaban como espacios de formación y que el periodismo exigía aprendizaje, rigor y oficio.
La realidad contemporánea es diferente. Las redes sociales democratizaron la posibilidad de publicar, pero democratizar la publicación no significa democratizar la calidad periodística. Cualquiera puede difundir información; no cualquiera está preparado para investigar, verificar y contextualizar.
Ahí aparece uno de los grandes problemas del periodismo digital. El maestro Javier Darío Restrepo advertía que una de sus debilidades estaba en las fuentes: información que circula sin atribución termina adquiriendo una autoridad que no posee. En las redes, la velocidad suele premiar al primero y no necesariamente al mejor informado.
No se trata de regresar al periódico de papel. El periodismo debe estar donde está su audiencia. El desafío consiste en que cambiar de plataforma no implique abandonar las reglas esenciales del oficio. Instagram no elimina la reportería, TikTok no vuelve innecesaria la verificación y X no sustituye las fuentes.
La discusión sobre el lenguaje conduce a una reflexión mayor. Escribir mal no es únicamente cometer errores ortográficos. También es utilizar palabras imprecisas, titulares engañosos o fórmulas que empobrecen la comprensión de una realidad.
Y en esta conversación aparece la inteligencia artificial. Tuñón plantea que puede ser una herramienta de apoyo para obtener antecedentes, datos e información, pero advierte que una máquina no puede sustituir el raciocinio humano para determinar qué es verdad. Una tecnología puede procesar información con extraordinaria velocidad; otra cosa es interpretar la realidad, establecer contexto y asumir las consecuencias de comunicarla.
El riesgo aparece cuando los algoritmos comienzan a decidir qué noticia merece atención o qué enfoque producirá más clics. En ese punto, la tecnología deja de ser una herramienta y comienza a condicionar el criterio.
En tiempos de redes sociales, inteligencia artificial y comunicación instantánea, la discusión sobre el idioma vuelve finalmente al mismo lugar: la palabra sigue siendo una herramienta humana y, por eso mismo, una responsabilidad humana.












